Reflexiones y pensamientos de la vida

En éste espacio , comparto una serie de reflexiones y pensamientos contigo. Son reflexiones hechos palabra en determinados momentos y situaciones que vivi en estos ultimos años de vida. Espero que te gusten , y lo mas importante , espero que te sirvan . Si es asi , hazmelo saber por favor 🙏 !! abre cumplido mi misión.

Reflexión sobre una decepción cualquiera

La vida está llena de sorpresas, y no siempre son buenas. A veces, los amigos, esos que juraron no cometer las mismas cagadas que otros, terminan haciéndolo. Y joder, cómo fastidia.

Lecciones de película

La existencia de cada uno , al final, es como una película maldita, llena de golpes que no ves venir. Y ahí estás tú, comiéndote cada uno, sangrando por dentro, pero de alguna manera, sigues de pie. Porque, ¿qué otra opción te queda?

La memoria de un estribillo


Cuál sería vuestra canción favorita ? Difícil … verdad … 🫠
Hay canciones que se cuelan en nuestra vida y nunca se van. Algunas suenan y, sin pedir permiso, nos traen de vuelta a personas que ya no están, pero que siguen ahí, en cada nota.


Otras nos llevan a esos momentos que vivimos como si fueran ayer, cuando todo era más sencillo, o tal vez más complicado, pero igual de inolvidable. Hay melodías que huelen a lugares, a ciudades que amamos o que dejamos atrás, a tardes de sol o a noches interminables. No importa dónde estemos o cuánto tiempo pase, esas canciones siempre nos acompañan.


Son refugios, recuerdos que viven en cada acorde, en cada estribillo, y aunque tratemos de escapar de ellas, basta un segundo para volver a sentirlo todo: el calor de una mirada, la risa en un rincón de algún bar, el eco de un adiós. Al final, las canciones no se olvidan, porque somos nosotros quienes seguimos viviendo en ellas.


Y es que, hay canciones que ya no son solo música, sino pedazos de nosotros. Se meten en los huesos, se enredan con los días y las noches, y aunque el tiempo pase, suena la primera nota y todo vuelve. Nos traen consuelo, nos hacen sonreír, o a veces doler un poco. Pero así son las mejores canciones, las que nunca se despiden del todo.

Improvisando el destino

A veces me pongo a pensar si el destino está escrito o si lo vamos improvisando sobre la marcha.

Yo tuve una infancia de película: risas, juegos, familia que te cuida sin que falte de nada. Y la adolescencia, pues más de lo mismo.

Entre colegas, risas, fiestas, todo parecía fácil, como si la vida estuviera hecha para no complicarse. Era como si el camino estuviera bien marcado, sin curvas, todo recto.

Pero luego, cuando te haces un poco más grande, empiezas a notar que algo cambia. No es que las cosas se pongan mal ni mucho menos, pero te das cuenta de que ya no todo está tan claro. Empiezas a ver que las decisiones te tocan a ti, y ahí es cuando te rayás un poco. ¿Hasta qué punto tenemos el control de lo que nos pasa? O quizá simplemente seguimos el guion que la vida nos va tirando, y uno ni se entera de cómo y por qué.

Y al final, después de darle tantas vueltas, creo que no se trata de tener todo calculado. Capaz que el destino existe, capaz que no, pero lo único que podemos hacer es seguir caminando, confiando en que cada paso que damos, aunque sea a ciegas, nos lleva a algún lado.

Y ojo, tampoco se trata de romperse la cabeza con todo. A veces la vida es más simple de lo que parece. Vas, hacés lo tuyo, y lo demás se va acomodando solo. ¿Por qué? Ni idea. Pero ahí está la gracia también, ¿no? No saberlo todo, simplemente vivirlo.

El valor de tu palabra

¿Alguna vez te has detenido a pensar en el peso real de tus palabras? Es curioso, porque todos sabemos hablar, pero no siempre entendemos lo que decimos. Decir “te quiero” puede ser tan fácil como respirar, pero ¿cuántas veces lo dices de verdad? ¿Cuántas veces, al pronunciarlo, tus acciones lo respaldan?
El problema no es lo que dices, sino lo que haces después. Las palabras son promesas en miniatura, semillas que, si no riegas con hechos, se secan y mueren. Decir “nunca te fallaré” suena bonito, pero ¿y cuando fallas? Porque sí, fallamos, somos humanos, pero lo auténtico está en reconocerlo, en reparar, en demostrar que lo dicho no era solo un ruido bonito, sino una verdad en construcción.
El lenguaje, en una relación, no es un adorno. es un puente. Pero un puente sin pilares se derrumba. ¿Tus “te quiero” tienen cimientos? ¿Tus promesas son algo más que aire? Las palabras no son magia, no arreglan nada por sí solas. Solo sirven si las cargas con autenticidad, si las haces verdad a través de lo que eres y de lo que haces.
Y es que ser auténtico no significa ser perfecto, sino congruente. No tienes que prometer lo que no estás dispuesto a cumplir, ni hablar solo para llenar silencios incómodos. A veces, el mayor acto de honestidad es quedarse callado cuando no estás listo para sentir lo que otros esperan oír. ¿De qué sirve decir “te amo” si no sabes amar? La palabra no tiene valor por sí sola, lo tiene cuando nace de la verdad.
Piensa en esto: tus palabras pueden construir o destruir. Puedes ofrecer refugio con ellas o dejarlas como cascarones vacíos. Por eso, antes de hablar, hazte esta pregunta: ¿esto que voy a decir refleja quién soy? Porque al final, las palabras no son solo sonidos, son un reflejo de lo que llevas dentro. Que tus palabras sean tan sinceras como la vida que quieres vivir.
Sé valiente y auténtico al hablar. Di solo lo que realmente sientas y, cuando lo hagas, asegúrate de que tus actos digan lo mismo. Porque, al final, las palabras que no se cumplen pesan más que las que nunca se dijeron.

Mi rincón favorito

Entras en ese rincón que es solo tuyo. Puede ser un cuarto pequeño, una esquina en la terraza, o incluso el asiento junto a la ventana del bus. No importa dónde, porque lo esencial es lo que pasa ahí dentro. Ese lugar es tu refugio, donde nadie más manda ni mete las narices. Te sientas, o te tumbas, y de repente todo el ruido de afuera se apaga como si alguien bajara el volumen de la calle. 
Ahí, tu mente empieza a volar. Sin límites, sin horarios. Te pierdes en pensamientos que solo tú entiendes, en sueños que a veces parecen tan grandes que casi te asustan. Pero es ahí donde te das cuenta de que lo imposible es solo un mito. Creas mundos, fabricas futuros, o simplemente te hundes en recuerdos que te arrancan una sonrisa o una lágrima, según el día, según el momento …
Y es curioso, como en ese espacio tan chiquito caben universos enteros. Ahí se mezclan tus miedos y tus ganas, tus derrotas y tus victorias imaginadas. Es como si ese rincón fuera una puerta secreta hacia algo más grande, algo que nadie más puede tocar.
Ese espacio, sea físico o solo dentro de ti, es tuyo. Es tu santuario. Ahí no necesitas permiso para ser quien realmente eres, sin disfraces ni filtros. Es ahí donde, sin darte cuenta, empiezas a construir las versiones de ti mismo que un día querrás mostrarle al mundo.
Cuídalo. No dejes que nadie te lo profane . Porque en ese pequeño espacio, amigo, estás más cerca de ti que en cualquier otro lugar. 
Y, créeme, ese encuentro contigo vale oro.

El eco de tus decisiones

Cada elección que haces tiene un eco, aunque no siempre lo escuches de inmediato. Alguna vez te has detenido a pensar en las puertas que cerraste sin mirar atrás? En las personas que dejaste a un lado porque no encajaban en tu idea de lo “perfecto”? Tal vez no lo pienses mucho, pero esas decisiones hablan de ti más de lo que quisieras admitir.

Reflexiona. Cuántas veces has elegido lo que parece brillante en lugar de lo que tiene profundidad? Cuántas personas han pasado por tu vida a las que nunca diste una verdadera oportunidad? Lo fácil, lo atractivo, lo que no pone a prueba tus ideas… Eso siempre será tentador. Pero, qué valor tiene? Las conexiones superficiales llenan el momento, sí, pero vacían el alma.

El problema no es solo lo que eliges, sino lo que rechazas. Esos rechazos son piedras que lanzas al agua sin pensar en las ondas que generan. Descartar a alguien por no cumplir con tus expectativas, por no satisfacer esa imagen que construiste en tu mente, no es solo una pérdida para ellos, es una pérdida para ti. Porque lo que rechazas puede ser, en realidad, lo que más necesitas. Y un día, cuando mires atrás, verás los huecos que dejaste en el camino, las posibilidades que enterraste bajo excusas.

No te equivoques, la vida no te perdona la inconsciencia. Tus elecciones no son inocuas, pasan factura , y son las raíces de lo que eres y de lo que serás. Así que piensa antes de elegir, y piensa aún más antes de desechar. 

Estás construyendo una vida llena de conexiones auténticas o una prisión hecha de espejos y reflejos vacíos por traumas no superados ? 

Al final, las respuestas no estarán en los demás. Estarán en ti.

Carta a una mentirosa

Me mientes. Y lo sabes. Lo notas en la forma en que te tiembla la voz, en cómo esquivas la mirada, en esa pausa mínima antes de soltar otra mentira. Lo haces con la esperanza de que no me dé cuenta, pero, en el fondo, también con la certeza de que voy a fingir que no lo he hecho. Porque así funciona esto, ¿no?
Tú mientes, yo disimulo, y aquí seguimos.
No es que seas buena mintiendo. Es que has aprendido que es más fácil vivir en la mentira que enfrentarte a lo que pasaría si dijeras la verdad. Porque si la dices, tal vez lo pierdes todo, no solo la dignidad, no solo tu empeño en quedar siempre bien , Tal vez se te cae el teatro, tal vez te toca aceptar que no eres quien dices ser. Y eso te aterra.
Así que sigues. Creyendo que mientras yo no te confronte, todo está bien. Que mientras me haga el ciego, la mentira se vuelve verdad por repetición. Y claro, yo también juego mi parte. Porque admitir que me mientes sería admitir que me estás tomando por idiota.
Lo peor es que ni siquiera necesitas mentir. O al menos, no deberías. Pero lo haces porque te funciona. Porque te ha funcionado siempre. Porque al final, en este trato silencioso, te has dado cuenta de que yo prefiero dudar de mí antes que aceptar la verdad sobre ti.
Pero dime una cosa: ¿qué se siente al vivir así? ¿No te pesa? ¿No te cansa la doble vida, la doble cara, la doble conciencia? ¿No te asfixia la idea de que, en cualquier momento, todo se derrumba?
Porque yo lo sé. Y tú lo sabes. Y lo peor no es la mentira. Lo peor es que sigues mintiendo, y ni siquiera te detienes a preguntarte por qué.

El vacío de la falsa grandeza

Hay un peso enorme en vivir para la apariencia, verdad? 
Es una carga constante, un esfuerzo inagotable por sostener una imagen que, en el fondo, sabes que no te pertenece. 
Has aprendido a modificar tu acento, a adornar tu discurso con palabras que suenan bien y ni siquiera sabes su significado real , y aunque a veces no terminen de encajar, tú las usas , para lo de siempre, para quedar bien. 
Has desarrollado una obsesión compulsiva por competir, no tanto porque ames el reto, sino porque temes lo que pasaría si dejaras de demostrar y demostrarte que eres mejor que los demás. Pero, dime , cuántas veces has sentido que, incluso después de ganar, sigues perdiendo?
No hay paz en la vida que has construido. No hay descanso cuando el motor de todo lo que haces es el miedo a que alguien descubra lo que hay detrás de la máscara. Tanta sonrisa forzada tan seguida , no puede ser bueno por mucho que digan los que saben , que sonreír es saludable . 
Es un juego agotador, donde la validación externa es el único combustible que te permite seguir adelante. Pero esa validación es fugaz. Depende de un público que nunca está del todo satisfecho, que siempre pedirá más. Y tú sigues dándolo todo, aunque eso implique pasar por encima de quienes te rodean, aún sabiendo que te quieren.
Pretendes instalarte a un nivel al que no correspondes , única y exclusivamente por no tener la capacidad que dota la humildad en una persona. 
Lo curioso es que , todo esto , no necesitas hacerlo. No necesitas demostrar nada a nadie. No necesitas forzar una grandeza prestada cuando puedes construir la tuya propia, auténtica, real. No se trata de bajar la cabeza, sino de alzarla con seguridad, con la tranquilidad de quien se conoce y se acepta. Porque la verdadera confianza no viene de aparentar, sino de ser. Y ser, aunque no lo creas, es mucho más fácil que fingir.
Cuando dejes de correr tras una sombra, te darás cuenta de que la luz siempre ha estado ahí. Solo tienes que atreverte a mirarla.

El diálogo perdido

A veces hablamos con nadie. Lo hacemos en silencio, en la ducha, en la cama antes de dormir, en la soledad de un paseo largo. Nos respondemos como si al otro lado hubiera alguien escuchando, como si esas palabras fueran a encontrar un destino que nunca tendrán. Y, sin embargo, seguimos hablando.

Nos imaginamos ese día. El día en que, por fin, nos cruzamos con esa persona que nos rompió, que nos dejó con preguntas sin respuesta, con un vacío que nunca se llenó. Nos vemos ahí, frente a frente, y le decimos todo. Le hablamos del daño, de las noches en las que su ausencia pesó más que cualquier silencio, de cómo tuvimos que recoger nuestros pedazos sin su ayuda. Y nos escucha. Nos escucha y entiende. Nos dice lo que siempre quisimos oír. Nos pide perdón, nos da explicaciones, nos devuelve la paz. Pero entonces parpadeamos, volvemos a la realidad, y ahí no hay nadie. Nunca ha habido nadie.

Cuántas veces hemos rehecho ese diálogo en nuestra cabeza. Una y otra vez , y cambiamos las palabras, los tonos, las emociones. A veces somos duros, a veces vulnerables. A veces queremos hacer daño, otras solo queremos que nos abracen. Pero todo se queda ahí, en un guion nunca representado, en una conversación perdida en la maraña de nuestros pensamientos.

Nos aferramos a ese diálogo como si nos debieran algo. Como si, al final, sirviera para cerrar las heridas. Pero las palabras no dichas , son las que más pesan. Se quedan dentro, ocupando espacio, haciéndose eco en cada rincón de nuestra memoria. Y seguimos esperando. Esperando ese día que quizás nunca llegue. O tal vez, sin darnos cuenta, ya ha pasado, y solo nosotros seguimos hablando con nadie.

Un látigo llamado «verdad»

Dime con sinceridad, cuántas veces has cerrado los ojos para no ver lo que era evidente? ¿Cuántas veces has preferido la comodidad de una mentira a la incomodidad de una verdad desnuda? ¿Cuántas veces has sentido esa punzada en el pecho, esa incomodidad que se clava en el alma cuando alguien te dice algo que no quieres oír, pero que en el fondo sabes que es cierto?
La verdad no acaricia, no consuela, no tiene piedad. No le importa si la aceptas o si te revuelves contra ella. No le importa si corres, si gritas, si te tapas los oídos con fuerza. La verdad es un látigo que azota cuando menos lo esperas. Puedes huir, claro que puedes. Puedes darle la espalda, disfrazarla, maquillarla, adornarla con excusas. Pero dime , hasta cuándo? ¿Cuánto tiempo crees que puedes escapar de algo que vive dentro de ti?
Porque la verdad no es solo lo que alguien te dice. La verdad es lo que resuena en tu cabeza cuando el ruido se apaga. Es esa voz que tratas de silenciar con distracciones, con falsas certezas, con una sonrisa forzada frente al espejo. Pero ,a quién engañas? ¿A los demás o a ti mismo?…
Piensa en todas esas veces en las que fingiste no saber. En las que te tragaste tus propias mentiras para no enfrentar lo que ya estaba escrito. ¿Sentiste alivio? ¿De verdad creíste que podías escapar para siempre?
La verdad es paciente. No te persigue con prisa, pero tampoco se cansa. Te deja correr, te deja esconderte en sombras ajenas, te permite inventarte un personaje si así lo prefieres. Pero en algún momento, cuando menos lo esperes, te encontrará. Y entonces dime, ¿qué harás? ¿Seguirás huyendo o por fin te atreverás a mirarla de frente?

La llamaban empatía

Empatía. Qué bonita suena, verdad? Está en todas partes. Nos la venden como la gran clave para que el mundo funcione mejor, para que las relaciones sean más sanas, para que todo encaje. Pero, realmente sabemos de qué hablamos cuando la usamos?

Porque decir “hay que ser empático” es fácil. Ponerse en el lugar del otro, entender sus emociones, ser comprensivo… Suena bien. El problema es que, muchas veces, pedimos empatía como si fuera un derecho, pero la ofrecemos como si fuera un favor. Cuántas veces has exigido comprensión mientras tú mismo no estabas dispuesto a darla?

La empatía real no es solo escuchar y asentir. No es decir “te entiendo” mientras por dentro piensas que el otro está exagerando. No es ponerte en su lugar solo cuando te conviene. La empatía, la de verdad, también implica equidad. Y aquí viene la parte incómoda: ser justo no es lo mismo que ser amable.

Porque, dime, ¿de qué sirve pedirle a alguien que te entienda si tú no mueves un dedo por entenderlo a él? ¿De qué sirve que el otro haga el esfuerzo de ver las cosas desde tu lado, si cuando le toca a él, tú te cruzas de brazos? No hay empatía sin reciprocidad.

Lo curioso es que muchos la usan como una moneda de cambio. “Si tú me entiendes, yo te entiendo.” Pero la empatía no funciona por trueque, ni por obligación. Si solo la aplicas cuando te conviene, en realidad no es empatía, es egoísmo disfrazado.

Así que la próxima vez que la palabra salga de tu boca, pregúntate: ¿estoy pidiendo algo que yo mismo no soy capaz de dar? Porque si es así, entonces no estás hablando de empatía. 

Estás pidiendo privilegios.

El derecho a juzgar

Te has detenido alguna vez a pensar en lo injusto que es emitir juicios sobre alguien sin saber realmente quién es? Cada vez que decides etiquetar a alguien sin conocer su historia, le estás quitando la oportunidad de mostrarse como realmente es. Lo encasillas, lo limitas, lo reduces a una idea que solo existe en tu cabeza. Acaso no es eso un acto de soberbia? creer que con solo un vistazo o una pequeña interacción ya tienes derecho a definir a otra persona?

Quizás creas que juzgar es natural, que todos lo hacemos y que no tiene importancia. Pero sí la tiene. Tus palabras, aunque creas que se las lleva el viento, pueden clavarse como un puñal . Tus prejuicios pueden hacer que alguien se sienta rechazado, incomprendido, excluido. 

Te gustaría que alguien decidiera quién eres sin conocerte? Que, sin darte la oportunidad de hablar, ya te hayan catalogado como “prepotente”, “débil”, “interesado” o cualquier otra etiqueta que nada tiene que ver contigo? 

Quieres que te juzguen por tu género o por tu forma de vestir?

Juzgar sin conocer es, en el fondo, una forma de mostrar ignorancia. Es más fácil quedarte con la primera impresión que profundizar, que entender. Pero ¿qué te aporta? ¿Realmente te hace mejor? ¿O solo te ciega y te impide ver la verdad?

La próxima vez que vayas a señalar a alguien con el dedo, recuerda que hay tres dedos apuntando hacia ti.


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Nacho Hidalgo