La última semilla de luz

Forcadela, en el Baixo Miño: piedra húmeda, brétema, campanas veladas. Sevilla: noches abiertas, una terraza que respira más despacio de lo normal. Tras la llegada de Toto, el hogar obedece otra lógica: granos de millo contados en secreto, una jarra que parece inspirar, sombras que se quedan un instante de más.

Hay un nombre para esas inteligencias que alteran lo doméstico sin herir: trasnos. Y hay una variación nacida de la madera viva: los trasno-canes. Bajo ciertos troncos se cruza un umbral y la memoria cambia de dueño; quien permanece demasiado en la superficie regresa a su forma, pero conserva una luz por dentro.

Mientras una presencia metódica —el Recolector de Almasborra nombres, fotografías y rutas del pueblo, la defensa no es heroica sino precisa: nombrar, contar, sostener. Ritos mínimos, objetos-umbral, atención. Cuando Aira llega —no tanto vista como percibida—, el aire se enfría y la casa aprende otro silencio. La Santa Compaña cruza de fondo como un síntoma de desequilibrio.

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Nacho Hidalgo