
Dices que no te afecta, pero te vibra el pecho como una alarma vieja. No es odio; es una inyección de deseo torcido que te recuerda algo que dejaste para “otro día”. Te pasa en el bar, cuando el amigo anuncia proyecto nuevo y tú juegas con el posavasos hasta deshacerlo. Te pasa en la cena familiar, cuando el primo enseña fotos de un viaje y tú encuentras fascinante el patrón del mantel. No es bonito, vale; tampoco te convierte en villano. Es humano, y un poco cabrón.
Miras y te pica porque ves dirección: alguien avanzó donde tú sigues dando rodeos. A veces es trabajo; otras, una manera de estar en el mundo: ligereza, constancia, atrevimiento. Eso es lo que te duele. No su coche, no su selfie; su foco. Y tú, aquí, sacándole punta al lápiz sin escribir la frase.
No voy a dorarte la píldora. Hay días en que te sale el comentario agrio, esa ironía que te deja mal sabor a los cinco minutos. O te tragas el nudo y sonríes con esa sonrisa que cansa. Entre una cosa y la otra hay una grieta donde asomarte sin caerte: reconocer lo que te remueve, preguntarte qué parte te toca, admitir que te jode… y que te guía.
Te hablo en segunda persona porque quiero pinchar tu burbuja, y la mía. No vengo a sermonearte; vengo a dudar contigo. He querido ser “el que aplaude siempre” y he terminado con la mandíbula hecha piedra. También he jugado a cinismo cool, y al rato me he quedado frío. Ni una cosa ni la otra. Prefiero que miremos de frente esa punzada y la usemos como brújula hecha con cosas pequeñas: un gesto, un correo, un boceto, una decisión sin épica.
No habrá recetas ni relojes. Habrá escenas: un bar con ruido de vasos, una mesa donde el horno respira, una calle con farolas que parpadean, una libreta que por fin abre su primera página. Y una pregunta que se repite, con mala leche y cariño: ¿qué parte de eso que admiras, necesitas construir tú? Al final del día, cuando el piso se quede quieto, te quedará esa imagen sencilla: tus manos aún manchadas de tinta y el posavasos deshecho como una luna de papel.

Verde ácido en la mesa de domingo
La lasaña humea y el salón tiene ese olor a casa que ablanda a cualquiera. Tu primo enseña el álbum del viaje: playas imposibles, risas sin ojeras. Tú sostienes el cuchillo del pan como si fuera una antena. Te sorprende la punzada exacta: no es por el destino; es por la decisión. Él eligió, tú llevas meses aplazando.
Alguien pregunta si repetirás, y dices “luego”, para ganar tiempo. No quieres joder la sobremesa, pero la cabeza te zumba. Juegas con una miguita hasta convertirla en canica. Te escuchas pensar feo, y te pillas: lo feo no es el otro, es el espejo. Lo sabes y te da rabia admitirlo. Bien. Ahí empieza algo.
Él cuenta cómo vendió cosas que no usaba, cómo reservó los viernes para buscar vuelos, cómo apagó el móvil a ratos. Y tú te ríes por lo bajo, por defensa, porque reconocer te deja blando. Te rescata el vaso de agua, frío, directo, honesto. Lo sostienes y te llega un pensamiento torpe pero claro: “yo también me debo una elección”.
No haces discurso, no te pones solemne. Solo te pides una verdad pequeña: te atrae su constancia más que su playa. Te lo apuntas mentalmente para no perderlo entre platos. El resto de la tarde pasa con el runrún de la cafetera y chistes malos. Al despedirte, notas el peso ligero del bolsillo: el billete de autobús de esta mañana, arrugado, como un talismán cutre. Lo guardas.
Por la noche, abres el cajón donde viven tus “luego”. Ahí hay cuadernos sin estrenar, una cámara con la batería muerta, mapas que nunca colgaste. Te quedas mirando hasta que el zumbido baja. No decides nada heroico; decides algo. No sé qué, no me lo digas. Con que sea tuyo, vale.
Mañana el mundo seguirá igual de ruidoso. Pero hoy, antes de apagar la lámpara, dejas el billete arrugado sobre la mesilla. Es un recorte de nada, sí; también es un norte barato. En el reflejo del cristal, el horno aún guarda calor. Y ahí, en ese brillo tímido, se te ocurre una frase que no duele: no quiero la foto; quiero mi camino. La apuntas en el margen del mantel de papel, como quien firma una promesa que cabe en un bolsillo.

El ascensor que no llega
Te quedas solo frente a las puertas metálicas. Se cierran, se abren, suben a otros. La planta de arriba ríe, y el eco te trae una conversación que no es tuya: enhorabuenas, palmadas, ese tono brillante. Guardas el llavero en el puño como si apretarlo te diera turno. La punzada aparece, puntual: no por el cargo, por la mirada clara con la que él entra en la sala.
Te haces el distraído mirando el panel, como si los números supieran algo. “Baja ya”, mascullas. Humor seco, autodefensa. El espejo del ascensor te devuelve una cara que tú conoces: la del que lleva un año prometiéndose empezar un curso, pedir una reunión, abrir la libreta buena. El ascensor tarda lo justo para que la excusa se te desmorone.
Cuando por fin llega, entras y te quedas viendo las líneas mínimas del acero, esas rayas finísimas que delatan el uso. Piensas que has dejado pasar demasiados viajes por miedo a tocar el botón equivocado. Es ridículo, y cierto. Te da risa, te pica, te despierta. No odias a nadie. Solo te pides turno.
Sales a la calle con aire de tarde. El semáforo parpadea, un perro tira de su correa, alguien canta desafinado. Todo sigue igual de vulgar y exacto. Parpadeas y ves una tienda de fotocopias con luz blanca. Compras una carpeta barata. No para archivar gloria; para guardar dos páginas que decidas escribir sin espectadores.
No haces más. No hace falta que el mundo te aplauda. Caminas con la carpeta bajo el brazo como quien carga pan recién hecho: tibio, sencillo, tuyo. Al llegar a casa, la dejas sobre la mesa, junto al tazón que siempre usas. Te prometes solo esto: no mirar arriba cada cinco minutos. Mirar dentro un rato, aunque dé pudor.
Cuando apagas la luz de la cocina, el brillo del acero sigue ahí, fantasma amable. Y te sorprendes pensando algo que suena raro en tu boca, pero encaja: no quiero ese ascenso; quiero mi voz nítida. Abres la carpeta, palpas el cartón fino, y sientes la misma certeza pequeña que cuando pillas el primer hilo de una manta: tiras, y empieza a deshacerse el bloqueo.

Copas en el bar Tormenta
El bar se llama Tormenta y siempre hay un murmullo que parece lluvia. Te gusta sentarte en la esquina donde el neón hace un rectángulo azul sobre la barra. Hoy toca cumpleaños de alguien querido. Brindan, cuentan anécdotas, y él —sí, ese— suelta que le han publicado algo que llevaba años peleando. Aplaudes, claro, porque lo aprecias. Y sin embargo, ahí está: el pinchazo. No por el logro; por la perseverancia que tú has ido regalando a distracciones con envoltorio bonito.
Das un trago y el vaso te deja una marca fría en el labio. Humor seco para salvar la compostura: “qué bien, tío, por fin te hicieron caso”. Él agradece sin sacar pecho. El camarero pasa con aceitunas, alguien pone una canción que te recuerda a un verano donde sí te atreviste. Te entra la risa tonta. La risa y esa pregunta cojonuda: ¿cuántas veces me habré escondido detrás de la broma?
El neón tiñe de azul el posavasos. Lo giras, lo rompes sin darte cuenta. Un gesto mínimo, un mapa. Ves tu año en esos papeles rasgados: una esquina que dice “luego”, otra que dice “cuando tenga tiempo”, otra que dice “ya si eso”. La vida como una servilleta rota. No te gusta lo que ves, pero tampoco te mata. Te deja en un lugar honesto.
Él te pregunta por lo tuyo. No finges grandeza. Dices: “voy lento, me atasco, me cuesta”. Y él, que no es idiota, asiente sin postureo. Te cuenta que estuvo a punto de dejarlo tres veces, que cada tanto se le caía encima la duda. La tormenta de fondo sube medio tono. No suena a épica; suena a insistir.
Pagas la ronda con la moneda que llevas de amuleto y guardas un trozo del posavasos en la cartera. Caminas a casa con olor a fritura en la chaqueta y un zumbido en las costillas, más vivo que triste. No decides nada rimbombante. Cambias una cosa pequeña de sitio para mañana: no el mundo, tu silla. La arrastras diez centímetros hacia la ventana.
Cuando te tumbas, el rectángulo azul del neón aún flota detrás de los párpados. Y la frase llega, simple, como la cuenta de la barra: quiero merecer mi cansancio. Te ves, con la luz del alba, sentado en esa silla movida, escribiendo torpe pero de verdad. La Tormenta queda lejos, pero te ha dejado el rumor exacto para empezar.

El mapa que dibujas sin darte cuenta
No estás en el trabajo ni en el bar. Caminas por una calle cualquiera y te acompaña ese ruido de bolsas, hojas que crujen, una pareja que discute por tonterías. Hay días así, sin anuncio. Una tienda de barrio expone cuadernos de tapa blanda. Entras por entrar. Pasas los dedos por el papel y recuerdas que dibujabas de crío, no por talento, por gusto. Te sorprende una ternura rara: te añoras sin drama.
Compras un cuaderno sencillo y un rotulador negro. No para postureo; para probar en pequeño. Mientras vuelves, te cruzas con alguien que va a su ritmo, sin prisa teatral. No envidias su outfit ni su agenda; envidias su calma. La palabra se te clava, pero esta vez no duele tanto. “Calma”, repites en voz baja, como quien se acuerda de un sitio.
Llegas a casa y despejas la mesa sin rituales. No invocas musas, ni falta que hace. Trazas una línea que se curva y se enreda; otra la persigue; una tercera se atreve a cruzar. El rotulador huele a colegio, a tardes sin culpa. Te ríes solo: qué cosa más tonta y qué verdad. Dibujo un mapa que no existe, pero me lleva.
Piensas en esa gente a la que miras de reojo. Ya no te arde el pecho; te vibra una curiosidad que suena distinto. Miras lo hecho: feo y limpio. Un mapa imperfecto que apunta a un lugar que aún no tiene nombre. No tienes prisa por bautizarlo.
Guardas el cuaderno en la mochila, no para esconderlo, para que salga contigo. Lavas el vaso del desayuno y caes en algo de cajón: cuando codicias la vida de otro, se te queda vacía la tuya; cuando mueves el lápiz, la cosa cambia de color.
Apagas las luces y en la ventana queda el reflejo de tu mesa despejada. No hay aplausos, no hay testigos. Solo una línea negra que se pierde fuera del margen. Te hace gracia pensar que, sin querer, has dibujado una salida. No la de nadie: la tuya. Y por una vez, te vas a dormir sin discutir con el techo. En la mesilla, el rotulador descansa como un ancla humilde. No pide nada. Solo espera que mañana vuelvas a trazar, aunque sea torcido.